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Comentario: El Alzheimer se llevó los recuerdos de mi madre

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Cuando llegué a visitar a mi mamá la encontré muy enojada. Estaba sentada y le temblaba la voz al hablar. Eran los inicios del Alzheimer.

No me dejó sentar siquiera cuando empezó a acusar a la trabajadora doméstica de que le había robado su tarjeta del banco.

La acusación me sorprendió porque doña Alejandra había trabajado con ella durante más de 10 años y nunca se había perdido un centavo siquiera. Mi mamá tenía entonces 75 años y desde hacía un tiempo nos habíamos dado cuenta de que su personalidad había ido cambiando. No sabría explicar cómo, pero el carácter de mi mamá había cambiado. Hasta muy poco tiempo antes era sociable y salía con sus amigas a tomar café con galletas. Hablaba de música y de arte y hasta se había inscrito en clases de pintura.

Mi hermana, que entonces estaba más en contacto con ella, nos comentó unos dos años antes, que sospechaba que mi mama estaba mostrando señales de Alzheimer. Mi hermano y yo prácticamente desechamos el comentario y no le hicimos caso, hasta el episodio de la tarjeta de débito.

Para entonces, mi mama ya era conocida en el banco, porque en el último año la había extraviado siete veces, pero no nos había dicho.

Poco tiempo después se presentó el primer incidente que realmente nos hizo prender todas las señales de alarma. Era un domingo y fuimos a un restaurante que conocíamos muy bien. Como no había estacionamiento, le dije que se bajara frente al restaurante en lo que yo estacionaba el auto. Cuando llegué a la puerta no estaba donde la había dejado. La encontré a unos cien metros, pero con una expresión de miedo que me desconcertó.

Aprovechando un examen de rutina la llevamos al neurólogo para que le hiciera algunas pruebas. Mi mamá que había sido enfermera toda su vida entendió el porque del examen y pretendió hacer creer al neurólogo que estaba perfectamente bien. Todo le iba saliendo bien hasta que el especialista le hizo esta simple pregunta:

¿Esthercita, que día es hoy? Mi mamá se le quedó viendo y con toda firmeza le dijo es 7 de agosto.

¿De qué año?, insistió el médico

-Pues de 1985

No era 7, ni era agosto ni mucho menos 1985.

“Su mama está en una etapa intermedia de Alzheimer. Vamos a hacerle un examen para ver exactamente el estado en el que se encuentra”, nos dijo.

Después de dos días, el médico nos mostró los resultados de los exámenes y nos indicó unas manchas que significaban la invasión de una proteína que causa la enfermedsd. “Si, tiene Alzheimer, y se encuentra en la etapa intermedia, no les puedo decir con que rapidez va a avanzar, pero mientras la enfermedad avanza, ustedes ayúdenla a recodar cosas, a ejercitar su mente. Van a necesitar mucha paciencia y comprensión”, nos dijo el doctor, mientras tratábamos de entender la dimensión de lo que nos estaba diciendo.

Los cambios más evidentes por el Alzheimer

A menudo, los problemas de la memoria son uno de los primeros signos de la enfermedad de Alzheimer. Los síntomas varían según cada persona y pueden incluir:

  • Dificultad para encontrar o para expresar palabras
  • Problemas espaciales y de visión, como no estar consciente del espacio que los rodea
  • Deterioro de la capacidad de razonamiento o criterio
  • Demorarse más para finalizar tareas diarias
  • Repetir preguntas o comentarios
  • Problemas en el manejo de dinero y pago de facturas
  • Deambular y perderse
  • Perder o extraviar cosas en lugares inusuales

Un proceso muy difícil

Mi mamá siempre fue una mujer independiente y fuerte. Nunca quiso vivir con ninguno de sus hijos y disfrutaba mucho de su casa. Pero el diagnóstico del médico nos obligó a nosotros sus hijos a tomar medidas de emergencia para que no corriera peligro.

Lo primero fue mandarle a hacer una medalla con su nombre, dirección y teléfono para que en caso de que se extraviara, pudieran localizarnos. Y esto fue muy importante porque empezó a perderse cada vez con más frecuencia.

Pasaron dos años en los que la enfermedad pareció estancarse. Mi mamá adquirió la costumbre de darle de comer a las palomas, de dormir en la sala y de invitar a su casa a cualquier persona que se acercara.

Pero la enfermedad seguía avanzando. En lo más profundo de su cerebro los recuerdos cercanos se fueron borrando poco a poco y sus recuerdos más lejanos aparecieron con gran nitidez.

Un día quedamos de reunirnos en casa de mi mamá los tres hermanos. Mi hermano mayor llegó primero y trató de darle un beso para saludarla. Ella se le quedó viendo, y le dijo: ¿Y usted quien es señor? Mi hermano se dio cuenta que no estaba bromeando cuando le vio la expresión de pánico en su cara.

Poco a poco las facultades de mi madre fueron desvaneciéndose. Y llegó un punto en el que ni la propia Alejandra podía cuidarla. Entonces tuvimos que tomar una decisión.

Yo, que soy el menor de mis hermanos, me había hecho cargo de ver la logística y las finanzas de mi mamá. Y durante mucho tiempo me opuse a que fuera llevada a una casa de retiro.

Después de muchos días de conversaciones con mis hermanos me convencieron de que era lo mejor.

Encontramos una excelente casa de retiro en el área del lago de Chapala, en México, donde vivía mi hermana y la llevamos hasta allá.

Mi mamá no se dio cuenta. Pensó que iba de vacaciones a una casa muy bonita. No recordaba su casa, ni la ciudad en la que había vivido tantos años.

Cada tres meses viajaba de Los Angeles a Guadalajara para visitarla. Algunas veces me reconocía, otras veces les preguntaba a “sus amigas”, quien era ese señor que iba a visitarla. Al principio ese olvido nos dolía en lo más profundo de nuestras almas, hasta que entendimos que la enfermedad le había robado todos sus recuerdos.

Ahí pasó los últimos siete años de su vida. En plena pandemia nos llamaron de emergencia para decirnos que estaba muy mal y que apenas le quedaban algunos días de vida.

En esos últimos momentos, cuando estaba a punto de cerrar los ojos por última vez, vimos una chispa en su mirada que nos hizo saber que al final, había logrado reconocernos, o por lo menos eso quisimos creer para mitigar nuestro dolor.

Este episodio profundamente personal de mi vida lo comparto porque quiero que otras familias que tienen a un ser querido afectado por el Alzheimer, sepan que no están solos, que hay recursos disponibles que ayudan a que la carga sea un poco menos dura.

Y mi consejo de siempre es que aquellos que cuidan de sus seres queridos, sepan que deben cuidarse a si mismos, que entiendan que por más que quieran hay un punto en el que el familiar tiene que ser llevado a una casa de retiro donde puede ser atendido mejor. Que no se sientan culpables, porque por más que queramos, hay un punto en el que la enfermedad rebasa todas nuestras buenas intenciones.

Si está cuidando de un ser querido con Alzheimer o con cualquier otra enfermedad, desde aquí le mandamos toda nuestra admiración y reconocimiento.

Escríbame y cuénteme como enfrentó su enfermedad, sin duda su experiencia le ayudará a otros.

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