¿Qué podemos hacer para detener los femicidios?

  

 Aún a larga distancia fue conmovedor ser testigo de la energía de las mujeres mexicanas. Primero marcharon el domingo, el Día Internacional de la Mujer, por las plazas históricas de la ciudad de México.

Un día más tarde protagonizaron un simbólico “paro” para protestar por la violencia de género, en especial los feminicidios, que lamentablemente se han convertido en el más amargo pan de todos los días para las mujeres mexicanas.

 

Tres mil ochocientas veinticinco mujeres fueron asesinadas de manera violenta

el año pasado en México, lo cual representó un incremento de 7% en relación con 2018. Para tener una idea de la tragedia, una de nuestras abuelas, madres, hermanas o hijas muere violentamente cada 2.4 horas en su país, o sea 10 mujeres por día, cada uno de los 365 días del año.

 

Pero las cifras no son capaces de reflejar la dimensión de la tragedia humanitaria de la violencia de género. Porque en cada muerte o en cada un de las miles de desapariciones de mujeres, persiste la desdicha de padres inconsolables, hijos huérfanos, familias destruidas. Es una herida que nunca cicatriza y que sangra cada día que ese crimen sigue impune.

 

Cada víctima tiene nombre y apellido, como la niña de 7 años Fátima Cecilia Aldriguett Antón, secuestrada, torturada y asesinada por un par de monstruos. O Ingrid Escamilla, la joven de 25 años, brutalmente desollada por su “pareja” y cuyas imágenes fueron insensiblemente publicadas. En estos, y en todos los casos, la demanda de justicia expedita es un justo reclamo.

 

Pero tan abominables como son los asesinatos o las desapariciones de mujeres, son apenas el rostro más trágico de muchas formas de violencia cotidiana que se manifiestan en el uso de lenguaje sexista, en actitudes misóginas y humillantes hacia la mujer y en un doble estándar moral que convierte en admirables las expresiones machistas contra la mujer.

 

La única forma de solucionar un problema, en este caso una crisis moral, es empezar reconociendo su existencia. Y para muchos de nosotros los mexicanos es trágicamente natural repetir diariamente con nuestras esposas o hijas o amigas o colegas o hasta desconocidas, las mismas conductas sexistas, insensibles, que vimos y aún vemos de nuestros abuelos, padres o conocidos.  No más.

 

Las movilizaciones de marzo deben ser un parteaguas, un antes y un después que sacuda las conciencias de todos y nos obliguen a la acción. A las autoridades para colocar como una alta prioridad la prevención del delito, el castigo a los responsables, la atención a las víctimas y leyes que garanticen la equidad de género.

 

Y a cada uno de nosotros para purgar de nuestro diccionario las frases y las actitudes misóginas. El trato digno a la mujer empieza en casa y en la escuela, tratando con respeto a nuestras hermanas, hijas o compañeras. De lo contrario todos seremos cómplices de esta tragedia innecesaria.


José López Zamorano es el anfitrión del programa de radio Bienvenidos a América, donde se analizan las últimas noticias de inmigración y se responden las preguntas de los oyentes en temas de inmigración. 

 

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