¿Por qué sigues culpando a tus padres de todas tus desgracias?


Por Cecilia Alegría La Dra. Amor

Como sostengo en mi nuevo libro LA CARIDAD EMPIEZA POR CASA, cuando eras niño o adolescente veías a tus padres bajo el prisma de lo malo que hicieron o de lo que dejaron de hacer por ti, de lo que te dijeron que te hizo daño o de lo que no te dijeron que necesitabas escuchar, y resulta que, a tus ojos, terminaron siendo culpables de casi todo lo negativo en tu vida, aunque hayan hecho lo mejor que podían.

Sí, por deficiente que haya sido la educación que recibiste, ellos no pudieron dar más que lo que tenían dentro. Ellos también fueron hijos traumados de padres ausentes o poco afectuosos. Tal vez hasta sufrieron las heridas del alma del abandono, la humillación y el rechazo. Y como bien dice la popular frase en inglés: “Hurt people hurt people” (la gente herida hiere a otra gente), si te hicieron sufrir no fue a propósito, no fue con premeditación y alevosía. Es más, puede ser que ellos te perjudicaran creyendo lo opuesto, creyendo que lo hacían “por tu bien”.

En fin, basta de quejas, de reclamos, de llantos y reproches. Es hora de reconocer que, como adultos, tenemos una responsabilidad sobre nuestro presente y futuro que ya no depende de nuestros padres. Y nuestra primera responsabilidad es perdonarlos.

Por más errores que hayan cometido, cabe recordar que nadie nos enseña a ser padres. Criar hijos es la experiencia más desafiante de la vida. Así, al igual que nosotros, nuestros padres lo han hecho lo mejor que han sabido, desde su nivel de consciencia y su grado de comprensión. Además, sus motivaciones jamás han estado guiadas por la maldad, sino por la ignorancia y la inconsciencia. ¿Y si, en vez de seguir quejándonos y juzgándolos, empezamos a valorar todo lo que han hecho por nosotros? Estar agradecidos es un síntoma de emancipación emocional y, en definitiva, de verdadera madurez.

Milton Erickson dijo que “nunca es tarde para tener una infancia feliz”. En otras palabras, siempre podemos reinterpretar y reescribir nuestra historia, comprendiendo que una cosa es lo que sucedió –hechos y circunstancias neutros– y otra muy distinta, lo que hicimos con ello en forma de interpretaciones subjetivas y distorsionadas. Hacernos adultos pasa por asumir nuestra parte de responsabilidad, haciéndonos cargo de sanar las heridas emocionales de nuestro niño interior. Para ello, es fundamental perdonar a nuestros padres y aceptar que son quienes son, comprendiendo que lo poco o mucho que puedan darnos emocionalmente para seguir siendo familia basta y sobra para el amor.

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