Las heridas del 11-S también tienen rostros hispanos

Veinticinco años después, el 11 de septiembre sigue siendo mucho más que una fecha. Es la ausencia de alguien en una mesa, una llamada que no volvió a llegar, una despedida que nadie imaginó definitiva.

El ataque terrorista más mortífero en suelo estadounidense dejó 2,977 personas muertas. Detrás de esa cifra había familias, proyectos y futuros que el terrorismo arrebató.

Los latinos también formamos parte de esa ausencia. Un recuento preliminar publicado en 2002 por las autoridades sanitarias de Nueva York registró 258 víctimas mortales hispanas en el World Trade Center: 177 hombres y 81 mujeres.

Recordarlos significa devolverles su lugar en la memoria, no reclamar una porción exclusiva del sufrimiento.

Porque aquella tragedia fue universal. Nos golpeó a todos, aunque de maneras distintas. El dolor de una madre no cambia según su apellido; la ausencia de un padre no pesa menos porque haya nacido en otro país. No hubo vidas más importantes que otras.

También hubo latinos entre quienes eligieron ayudar cuando todo invitaba a huir. El bombero Sergio Villanueva, nacido en Argentina, acudió al World Trade Center y murió allí. Tenía apenas 33 años. Amaba el fútbol y estaba comprometido para casarse: detrás del uniforme había una vida por construir.

El puertorriqueño William Rodríguez, trabajador de mantenimiento, utilizó su llave maestra para abrir puertas y facilitar el trabajo de los bomberos. Su historia recuerda que para ayudar no siempre hace falta llevar una placa.

El policía colombiano Will Jimeno participó en las tareas de rescate y quedó sepultado bajo los escombros. Sobrevivió. En su testimonio al museo del 11-S, destacó algo que merece perdurar: las personas ayudándose unas a otras.

Este aniversario es el reconocimiento de una humanidad compartida, capaz de responder a la crueldad con solidaridad.

La huella del ataque está en nuestras rutinas. Hoy normalizamos las filas de seguridad, los escáneres corporales y los límites a los líquidos al viajar en avión.

La Administración de Seguridad del Transporte (TSA) nació después del 11-S; otras medidas se incorporaron ante amenazas posteriores. No todo empezó aquel martes, pero aquel martes transformó nuestra manera de entender la seguridad y nuestras libertades.

Recordar debe servir para cuidar mejor la vida, no para acostumbrarnos al miedo ni convertir al vecino en sospechoso.

Honrar a las víctimas latinas es inseparable de honrarlas a todas. A veinticinco años, la lección más urgente sigue siendo que frente al odio que quiso separarnos, destruirnos, nuestra mejor respuesta es reconocernos como parte de una misma familia humana.

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