La violencia política nunca será el camino

Lamentablemente Washington volvió a vivir una escena que creíamos reservada a los libros de historia: disparos, caos y un presidente y miembros de su gente evacuados a toda prisa. 

El incidente ocurrido en el hotel Hilton de la capital, durante la tradicional cena de corresponsales de prensa de la Casa Blanca, dejó algo más que un susto. 

Nos recordó que la violencia política sigue acechando incluso a las democracias más consolidadas.

Un hombre armado de 31 años intentó irrumpir en el evento donde se encontraba el presidente Donald Trump, abriendo fuego cerca del salón principal antes de ser neutralizado por el Servicio Secreto. 

Hubo al menos un agente herido, aunque protegido por su chaleco antibalas, y el mandatario resultó ileso. La escena —gente refugiándose, protocolos activados, incertidumbre— no es solo un episodio aislado: es un síntoma.

Porque lo más inquietante no es únicamente el ataque en sí, sino el contexto que lo hace posible. 

Vivimos en una era de polarización, donde el adversario político deja de ser alguien con quien se discrepa para convertirse en alguien a quien se percibe como enemigo. Ese salto —psicológico, emocional— es el terreno fértil donde germina la violencia.

Pero al menos en el momento del incidente se registró un sentido de unidad frente a la adversidad, y solidaridad colectiva.

“A la luz de los acontecimientos de esta noche, pido a todos los estadounidenses que se comprometan de corazón a resolver nuestras diferencias pacíficamente. Tenemos que hacerlo, tenemos que resolver nuestras diferencias”, dijo el presidente Trump tras el suceso.

La historia estadounidense ya conoce demasiado bien la violencia política. El mismo hotel Hilton fue escenario del intento de asesinato contra Ronald Reagan en 1981. 

Más de cuatro décadas después, el eco es incómodo: cambian los nombres, pero persiste la lógica de la violencia como atajo. Y no lo es.

El camino de la violencia no resuelve nada: sólo profundiza las fracturas, alimenta el miedo y debilita las instituciones que, precisamente, permiten que las diferencias se expresen sin sangre de por medio.

La respuesta a este tipo de hechos no puede ser solo reforzar la seguridad o revisar protocolos, aunque eso sea necesario. 

También exige algo más difícil:  moderar el tono, recuperar la idea de que quienes piensan distinto no son una amenaza existencial, sino parte del mismo contrato democrático. No se trata de ingenuidad. Se trata de supervivencia cívica.

En última instancia, la democracia no se mide por la ausencia de conflicto, sino por la manera en que lo gestionamos. 

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