Por Dra. Luz Towns-Miranda
La ira en los niños es una emoción muy mal comprendida. Cuando los niños son llevados a clínicas de salud mental debido a conductas problemáticas o desafiantes, la reacción más común de los profesionales de la salud es diagnosticar casi de inmediato un “trastorno negativista desafiante”, o como se conoce en inglés, “oppositional defiant disorder”, en lugar de intentar comprender qué está desencadenando esa ira. Esto pasa por alto un hecho fundamental: donde hay ira, siempre hay dolor.
La mayoría de los profesionales comprenden la conexión entre la ira y el dolor, pero pasan por alto que esta relación también se aplica a los niños. Por ejemplo, cuando trabajé en una estación de bomberos después de los ataques terroristas del 11 de septiembre en Nueva York, la conducta problemática más común entre los bomberos sobrevivientes era la agresividad al conducir, porque no tenían dónde descargar su ira y esta se manifestaba de forma dispersa. Estaban sufriendo un dolor inmenso y su duelo superaba lo que podían manejar emocionalmente. Por lo tanto, la ira era una respuesta frecuente y, en la mayoría de los casos, la emoción predominante.
El mismo concepto se aplica a los niños: pueden parecer tristes, pero con mucha frecuencia expresan su angustia, tristeza y temor mediante conductas inapropiadas o desafiantes. Algunos comportamientos problemáticos comunes incluyen robar, pelear, molestar o acosar a otros (“bullying”); hacer berrinches y otras formas de caos y violencia. Estas son señales de angustia en los niños, quienes no tienen otra forma de expresarla sino a través de comportamientos desadaptativos, alimentados por la ira generada en torno a lo que esté sucediendo.
Las causas más comunes del dolor emocional en los niños incluyen las pérdidas (como la muerte de un ser querido, el desalojo del hogar o el divorcio de los padres), el acoso escolar y la exposición a conflictos o tensiones en el hogar. En los dos últimos casos, los niños podrían imitar al agresor y mostrarse enojados en lugar de tristes.
Las crecientes desigualdades sociales y económicas también son factores contribuyentes, ya que los niños que viven en la pobreza a menudo pueden sentirse “enfadados” por no poder tener lo que poseen los niños con recursos (los zapatos y la ropa “adecuadas”, dispositivos digitales y juguetes). En el fondo, les entristece no tener las cosas que tienen otros niños, y la ira — con sus comportamientos disruptivos— es su manera de demostrarlo.
Cuando los niños manifiestan conductas desadaptativas, lo primero que hay que hacer es lograr que ellos se expresen y así poder comprender qué existe detrás de su ira. Esto no es fácil, especialmente a medida que los niños crecen. Cuanto mayores son los niños, más arraigadas estarán sus defensas. Es imperativo no permitir que continúen las conductas impulsadas por la ira e intervenir a la edad más temprana posible.
Un buen consejo es ayudar a los niños a darse cuenta de que si están “enfadados”, es porque están bajo la influencia de otra persona o de algo externo. Por ejemplo, si la causa subyacente de su mala conducta es que están siendo acosados por un “bully”, podemos cuestionar esa dinámica diciéndole: “¿Por qué vas a permitir que esa otra persona tenga tanto poder sobre ti? No tienes por qué reaccionar así. Recupera tu poder y simplemente ignora a esa persona o aléjate”.
La terapia es importante para que los niños tomen conciencia, a nivel fisiológico, de cuándo empiezan a sentir ira. Una pregunta habitual que un especialista en conducta podría hacerle al menor es: “¿Qué dijo la otra persona?” o “¿Qué sucedió qué hizo que empezaras a sentirte enfadado?”. Otras preguntas de seguimiento que suelen dar buen resultado son: “¿Y qué pasó después?” y “¿En qué parte del cuerpo sentiste esa ira?”.
Cuanto más reconozcan los niños que están reaccionando físicamente a algo que ha sucedido o a alguien que les está haciendo algo (como burlarse de ellos, acosarlos o incluso abusar de ellos física o sexualmente), mayor control tendrán sobre su respuesta. Con el tiempo, los niños pueden crear mecanismos emocionales y pulsar un botón de «pausa» cuando sientan que se están desencadenando emociones de ira.
La ira extrema, incontrolada y sin manejar en los niños puede acarrear consecuencias trágicas a largo plazo, tales como conductas autolesivas, ideación e intentos de suicidio, provocar incendios, maltratar animales, drogadicción y actividades delictivas que pueden llevarlos a verse envueltos en el sistema de justicia. Estos ejemplos demuestran que los niños pueden dirigir su ira contra si mismos, al igual que contra los demás.
Una vez que se ha ayudado al niño/niña a llegar a la raíz del dolor, es posible volver a abordar el suceso original. La mayoría de los niños que atraviesan este proceso descubren que existen diversas formas de manejar el dolor emocional y psicológico, y adquieren mejores habilidades de afrontamiento para evitar la ira por completo o manejarla de manera saludable cuando sienten que esta surge.
La Dra. Luz Towns-Miranda es psicóloga clínica con consulta en la ciudad de Nueva York.