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Día de las Madres: Cinco historias de esfuerzo, valentía y determinación

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En esta celebración del Día de las Madres, el equipo de La Red Hispana quiso hacerles un homenaje amplio, mostrando ejemplos de vida que representan las diferentes realidades de millones de mujeres que trabajan de sol a sol, o que han tenido que emigrar para ofrecer una mejor calidad de vida a sus hijos, o a aquellas que por diferentes circunstancias de la vida han tenido que desempeñar el papel de madres y padres ante la ausencia de un compañero.

Todas las historias que estamos compartiendo tienen un hilo conductor común: el esfuerzo, la valentía, la superación de obstáculos a pesar de todas las barreras. Son mujeres ejemplares y extraordinarias, que escogimos porque representan muy bien a las mujeres de nuestra comunidad.

En esta fecha, los miembros de La Red Hispana nos unimos para decirles: Feliz Día, y gracias por todo ese esfuerzo.

A continuación, las historias:

Sandra Egas: Una vida llena de milagros

¿Qué es lo que he aprendido? Sandra Egas Álvarez piensa detenidamente su respuesta y dice pausadamente: “Que hay que agradecer lo bueno y lo malo y que no hay que apegarse a los planes, porque las cosas cambian en un abrir y cerrar de ojos”.

Egas Álvarez, originaria de Guayaquil, Ecuador, de 60 años y madre de cinco hijos, tiene motivos de sobra para pensar así. Sabe que la vida puede dar un vuelco en cualquier momento, como ese 5 de octubre de 2000, cuando días después de haber recibido el diagnóstico de que Sebastián su hijo mayor tenía leucemia, decidió que había que viajar al estado de Florida para conseguir un tratamiento que le ayudara a salvar la vida de su primogénito.

“Éramos jóvenes y teníamos muchos proyectos y planes por realizar”, dice mientras remueve sus recuerdos. “Margaret, una gran amiga que ya vivía en Estados Unidos en cuanto supo de lo que le pasaba a mi hijo buscó información y nos puso en contacto con el Children Cancer Caring Center”.

Buscaron boletos de avión y como en un abrir y cerrar los ojos ya estaban en Florida. Allá se quedaron sus otros tres hijos al cuidado de su madre.

Empezar de cero

Entonces todo se transformó. De tener una casa propia y un negocio de cosméticos naturales, pasaron a vivir en el departamento que su amiga compartía con sus padres. “Mi esposo dormía en el piso y mi hijo y yo en una camita que poníamos en la sala”. Hace una pausa, seca una lágrima y me dice: “No tengo más que palabras de agradecimiento para ellos”.

Y entonces había que empezar de cero, su esposo que en Ecuador era visitador médico, en Florida trabajó instalando antenas para satélites, haciendo mudanzas y después en una cadena de donas.

“Fueron tiempos muy difíciles, de mucha angustia y desesperación”, dice Egas. Los médicos y los especialistas les recomendaran que trajeran a los otros 3 hijos, no sólo como apoyo emocional para su hermano enfermo, sino porque en caso de que Sebastián requiriera un trasplante de médula ósea, sus hermanos tenían más posibilidades de ser compatibles.

La casa que tenían en Ecuador la remataron para rentar un departamento y comprar un auto económico para llevar a sus hijos a la escuela y a Sebastián al médico.

“Antes de que tuviéramos el carro, lo llevaba al tratamiento tres veces a la semana en autobús, tren y metro, me hacía tres horas y medio de camino, y el problema no era yo, sino que él regresaba con mucho malestar después de la quimioterapia”.

El tratamiento duró tres años y las revisiones semanales duraron cinco años más.

Egas recuerda con un inmenso agradecimiento el centro médico en el que atendieron a su hijo. “Con el paso del tiempo nos hicimos como una comunidad en la que nos conocíamos y nos apoyábamos todos, y vi morir a muchos niños conocidos que tenían cáncer y eso era muy doloroso, porque siempre pensaba, el próximo puede ser mi hijo”.

Hoy Sebastián está completamente curado y ha hecho una vida normal. Cuando Egas piensa en esos tiempos refleja un poco de tristeza, a pesar del buen ánimo que mantiene.

“Se nos fue el tiempo como en un abrir y cerrar de ojos y poco a poco salimos adelante con un esfuerzo enorme”, dice mientras sostiene la mano del cuarto de sus hijos que la acompaña en la entrevista.

De milagro en milagro

Pero la vida no ha sido fácil. Es como una carrera de obstáculos en la que hay que saltar siempre con optimismo, dice Egas.

Y es que cuando pensaba que su vida se había encarrilado y lo que seguía era disfrutar la tranquilidad que dan los años, el 22 de junio de 2007 recibió una visita de la policía en la que le notificaron que su hijo mayor había tenido un accidente muy grave en la carretera.

Su hijo iba de pasajero en el auto de su novia porque se dirigían a una fiesta. El auto cayó en uno de los tantos canales de Florida. Su novia fue rescatada de inmediato, pero falleció antes de llegar al hospital.

A su hijo Raúl, que llevaba el cinturón de seguridad fue muy difícil sacarlo del auto. Permaneció bajo el agua más de 15 minutos”, recuerda Egas.

“Cuando llegamos al hospital vimos las radiografías y supimos que se encontraba en un coma inducido”, dice Egas. “En realidad los médicos nos estaban esperando para que nos despidiéramos de él”.

Pero ocurrió el milagro. Despertó del coma 24 horas después. Aun así, los médicos les dijeron que, si se recuperaba, tendría graves repercusiones en su cerebro porque había permanecido mucho tiempo bajo el agua. Once días después fue dado de alta, sin ninguna secuela. Hoy está casado, con hijos y lleva una vida laboral exitosa.

El milagro más reciente ocurrió cuando vio un anuncio en una de las redes sociales, en los que La Red Hispana estaba rifando el pago de los gastos de hacerse ciudadano y un abogado, así que decidió entrar en la promoción.

“Semanas después recibí una llamada de La Red Hispana diciéndome que había resultado ganadora”, dice con lágrimas en los ojos. “Me parecía muy bueno para ser verdad”, dice con una sonrisa.

Para ella el premio tiene un enorme significado. “No es sólo que quiera hacerme ciudadana, es que al naturalizarme puedo arreglar los documentos de Gabriel, mi cuarto hijo que no ha podido arreglar sus papeles”.

Gabriel, de 27 años, tiene una serie discapacidades mentales y a los 17 tuvo su primer ataque de epilepsia, por lo que depende completamente de su madre. “Por eso, cuando recibí la llamada diciéndome que iban a pagar el costo y además que tendría la ayuda de un abogado para poder regularizar la situación de mi hijo, pensé en que Dios una vez más había intercedido por nosotros”.

Mayra García: ‘No hay barreras tan grandes que puedan detener a una madre’

Cuando Mayra García supo que su hijo Jared tenía autismo y al menos 16 graves discapacidades, entendió que ella y su esposo tendrían un gran trabajo por delante. Estaba convencida de que juntos, en familia, podrían brindarle lo mejor a su hijo.

Pero no contaba con que su esposo pensaba de otra manera y que luego de 12 años de casados, terminaría pidiéndole el divorcio. “Me dijo ‘ahí están tus hijos y a ver cómo le haces’”, dice García con una expresión casi fría que denota los difíciles años que siguieron.

García hace una pausa. Supervisa los movimientos de Jared y continúa. “Entonces desapareció de nuestras vidas y la responsabilidad cayó sobre mis hombros… gracias a mi hija Fernanda que se convirtió en mi mano derecha, logramos salir adelante”.

Y entonces inició una lucha contra la cotidianidad. “No tenía carro y la escuela de Fernanda me quedaba a más de cinco millas de distancia, tampoco tenía papeles y trabajaba en lo que podía”.

Pero a García nunca se le ha cerrado el mundo. Con una carrera en ingeniería en sistemas y comunicaciones en México, ha hecho todo para poder cumplir con el llamado sueño americano. “Estudié cultura de belleza, secretariado ejecutivo, pero lo dejé todo cuando me casé y nos venimos a Estados Unidos”. Actualmente vive en Long Beach y se ha comprado una casa en Hemet, California.

Han pasado 14 años desde la separación. Y la vida le ha sonreído. “Me dediqué en cuerpo y alma a cuidar de mis dos hijos y los resultados están a la vista, mi hija hoy tiene 27 años, es salvavidas, trabaja en una organización de defensa de inquilinos y nunca he tenido un problema con ella, somos como dos grandes amigas”.

El golpe del divorcio lo resintió físicamente. “En menos de un mes pasé de 130 libras a 90, afortunadamente el padre de la iglesia a la que asistía me recomendaba para limpiar casas, no me importaba hacer cualquier tipo de trabajo honrado con tal de que mis hijos estuvieran bien”.

Y su espíritu de lucha nunca la abandonó. Y cuando más perdida se sentía más recordaba los consejos de su papá. “Me decía ‘te enseñé a trabajar duro. Estudia y aprende el inglés. Tienes dos hijos que no tienen a nadie más’”.

Entonces estudió y se capacitó y hoy trabaja en organizaciones de apoyo a los discapacitados y por los derechos de los indocumentados. Cuenta con certificaciones para tratar situaciones de violencia doméstica y tráfico humano.

La fuerza ha sido su hijo Jared hoy de 24 años. “Yo sabía que él no podría independizarse y que dependía absolutamente de mi”. Entonces buscó apoyo y el esfuerzo dio sus frutos. “Actualmente tengo más de 80 certificaciones y me he especializado en educación especial”.

García ha recibido invitaciones de la casa Blanca y del Concilio de Los Ángeles, por su trabajo en favor de la comunidad con discapacidades

¿Qué has aprendido de tus hijos?, le pregunto.

Se queda muy seria, reflexiona. “Siempre quise estar cerca de mis hijos, quería tener la mejor comunicación posible con ellos y creo que lo he logrado, entre mi hija y yo no hay ninguna barrera de comunicación, eso me hace sentir que he hecho las cosas bien… No puedo decir si soy una buena madre, pero siento que hasta el momento he hecho lo mejor por ellos”.

En todo este proceso de ver a sus hijos crecer, dependiendo exclusivamente de ella, se pasaron los años. “Recuerdo que era una gran responsabilidad, salía del baño con la cabeza enjabonada y no me daba cuenta o me la pasaba pendiente de la cámara de noche para asegurarme de que Jared estuviera bien”.

No duda un segundo cuando le preguntó cuáles son ahora sus prioridades. “Ahora 14 años después tengo una pareja y él sabe que siempre estarán primero mis hijos”.

¿Qué le dirías a tu mama?

“Gracias por haberme dado la vida, los fundamentos, los principios y todo el amor y que la amo con todo el corazón”.

Rina Paz Rojas: Una madre alegre y feliz con la vida

“La verdad es que no me siento vieja, aunque tenga hijos cuarentones”, dice Rina Paz Rojas, una mujer jovial, alegre, madre de tres hijos y originaria de San Pedro Sula, Honduras.

La entrevista es acerca de su vida, de su experiencia de ser madre, de sus preocupaciones y aciertos. Y sin duda es una historia llena de anécdotas y sonrisas.

Después de venir a los 12 años a estudiar inglés en el estado de Ohio, regresó a Honduras donde trabajó en una compañía de café y en la empresa Shell. Fue en el país centroamericano donde conoció a quien después se convertiría en su esposo. “Era mi alumno, yo le daba clases y siempre le digo que él cometió ‘proferisidio’. Hoy tenemos 50 años de casados”.

“Tuve mi primer hijo a los 29 años, y como siempre ocurre en esos casos, lo sobreprotegimos, estábamos atentos a que no le fuera a pasar nada, después de todo uno experimenta con el primero”, dice Paz Rojas. “Con el segundo las cosas fueron menos extremas y ya para el tercero, ya teníamos la experiencia de que no son necesarios esos cuidados extremos que les damos al primero”.

De la experiencia de ser madre, asegura que fue una labor de parto de 32 horas. “Sinceramente dije, me voy a quedar con un solo hijo, no quiero a volver a pasar por este dolor, pero Dios es grande y el dolor se olvida y terminé con dos hijos más”.

La mejor decisión

Era principios de los ochenta cuando Centroamérica parecía estar a punto de un incendio. Las relaciones con la Nicaragua sandinista iban de mal en peor. El Salvador era también un polvorín y entendieron que la situación en Honduras se estaba deteriorando a pasos acelerados.

Como residente de Estados Unidos Paz Rojas y su esposo decidieron que lo mejor era salir del país. En menos de un año ya estaban instalados en Estados Unidos.

Visto en retrospectiva sabe que fue una buena decisión. “Tenemos tres hijos maravillosos, profesionales, seguramente hicimos algo bueno, porque no lo hicimos pensando en nosotros, sino en ellos, para darles un futuro mejor”.

Pero el que haya sido una buena decisión no significa que no haya sido duro. “Muy duro porque hay que construir desde cero y hacer crédito”.

Aunque en Honduras no eran ricos, no les faltaba nada. Pero aquí las cosas son diferentes. Su esposo que es ingeniero mecánico no encontró acomodo fácilmente en Tampa. “El primero fue un trabajo horrible y se sentía frustrado y decía que quería regresarse a Honduras”, dice Paz Rojas quien recuerda esos momentos con un poco de nostalgia. “Yo le decía tú eres la cabeza de esta casa y si quieres que nos vayamos, nos vamos, pero recuerda que lo hicimos por nuestros hijos… entonces él recapacitaba”.

Primero los hijos

Paz Rojas siempre tuvo la fortuna de tener trabajos flexibles y jefes comprensivos. “Me permitían salir corriendo si me llamaban de la escuela o si mis hijos necesitaban algo”.

Recuerda una ocasión en la que le llamaron de la escuela y tomó su auto y en medio de la carretera 275 se le descompuso. Entonces un automovilista se detuvo para ayudarla. Ella sin pensarlo se subió al auto y le pidió que la llevara a la escuela. “Iba desesperada y no pensaba en nada… hasta que estuve ahí me di cuenta de que había corrido un gran peligro y que ese hombre me podría haber hecho cualquier cosa, en realidad fue como un ángel”, dice con toda su fe.

Paz Rojas es elocuente y agradable. La conversación fluye con toda facilidad. Tiene muy claros los momentos que le han dado una gran felicidad.

“Cuando asistimos a las graduaciones de nuestros hijos he llorado de felicidad, porque me convenzo de que hicimos bien las cosas. Sabíamos que en algún momento ellos iban a seguir sus caminos y así lo han hecho y afortunadamente han tomado buenas decisiones al elegir a sus compañeros de vida”.

También sabe que los tiempos han cambiado y que nadie experimenta en cabeza ajena, por lo que deja que sus hijos encuentren las respuestas de crianza que ella muchas veces también buscó.

De sus padres, la señora Rina sólo tiene palabras de elogio y admiración. “Mis papás tenían pocos estudios, pero eran muy buenos trabajadores, tenían una ‘trucha’ (tienda de abarrotes) y mi mami trabajaba lado a lado con mi papá y cuando le dije a él que quería estudiar inglés él lo hizo posible y me mandó a Estados Unidos, luego envió a mi otra hermana. A la tercera no la aceptaron en el mismo colegio que a nosotras, pero la mandó a México”.

Pero, así como eran de trabajadores y generosos, eran estrictos y disciplinados. “Le doy gracias a Dios porque por ellos soy lo que soy”.

Una etapa para disfrutar

Ser madre sin duda ofrece muchas razones para ser feliz, pero ser abuela no se le compara. “A mis nietos les doy puro amor”, y dice que está viviendo un momento de gran felicidad.

“Mis tres hijos se encuentran ahora en Tampa y puedo disfrutar de mis dos nietos”, dice con una amorosa sonrisa.

“He dado todo por ellos, yo no he pensado en mí, y lo he hecho porque me nace, porque los amo y ellos me dicen ahora, ‘descansa, no te preocupes, estamos aquí para cuidarte’”.

En este punto una lágrima terca que trata de borrar se escurre por su rostro alegre.

“Cuando mi hijo que vivía en Washington me dijo que se iba a venir a vivir a Tampa para estar cerca de mí, me llegó al corazón. ¿Se imagina usted que significan esas palabras? Es sin duda lo más hermoso que una madre puede escuchar”.

Sheyla Zamora: Los sacrificios que las madres hacen

En el Dia de las Madres, Sheyla Zamora.

Cuando a Sheyla Zamora le asaltan las culpas, muchas veces se ha preguntado si es una mala madre. Rápidamente desecha esos pensamientos y recuerda que todos los sacrificios que ha hecho (y no han sido pocos) han sido por el bienestar de su hija

Hace tres años Zamora tomó la dolorosa decisión de dejar Taramoto, Perú, su ciudad natal para buscar un mejor futuro para su hija Mariana, de 6 años y a quien ha tenido que criar como madre soltera.

“La tuve a los 30 años y sabía que no tenía gran cosa que ofrecerle a pesar de mis largas jornadas de trabajo haciendo pasteles”, dice Zamora en uno de sus momentos de descanso de su trabajo limpiando oficinas y edificios en Fayetteville, en el estado de North Carolina.

Zamora nunca se ha quedado con los brazos cruzados. En Perú vendía pasteles y tenía su propia marca de granola orgánica. “Pero no era suficiente, veía que mi hija iba creciendo y me preocupaba mucho su futuro económico”.

Cada vez más preocupada por la situación económica de su país y de lo que le deparaba el destino a su hija, habló con un familiar que vivía en Estados Unidos y ella le dijo que se viniera, y que ella le daría trabajo.

Habló con su mamá y le dijo que no se preocupara, que ella cuidaría de su hija de la misma manera que lo hizo con ella.

Entonces emprendió un viaje que ya dura tres años y que muchas veces piensa en terminarlo abruptamente ante los sentimientos de angustia, culpa y soledad que algunas veces la asaltan.

“En esos momentos mi mamá me reta, me dice que tome un vuelo y que me vaya, pero que recuerde que las cosas no han cambiado en el Perú, que la situación sigue igual o peor que antes, pero que si no aguanto que me regrese”.

Entonces Zamora entra en razón y se concentra en el trabajo limpiando cuidadosamente para ganar el dinero que religiosamente envía para los gastos de su hija.

Pero no se crea que Sheyla es una madre ausente. Ella está pendiente absolutamente de todas las cosas de su hija. “Hablo con ella todos los días por videollamada, le digo que me gusta como está peinada, le ayudo con su tarea, en ocasiones le canto alguna canción”.

En este proceso de estar presente a pesar de la distancia, su madre ha sido la clave.

“Ella me habla a cualquier momento, me dice cómo va en la escuela y hasta ha acordado con las maestras que me hablen por videollamada cuando se necesita algo”.

A pesar de todos estos esfuerzos para burlar la distancia, por supuesto que extraña las fiestas de cumpleaños, las celebraciones, la Navidad. “Dormíamos abrazadas, extraño todas las noches el calorcito de su cuerpo”.

La separación ha sido un proceso muy difícil. “Hay días buenos y hay días malos, y entonces lo que hago es trabajar muy duro para olvidar ese dolorcito que siempre me acompaña”.

En este largo proceso su mamá ha sido la fuerza para resistir. “Tu hija es la más amada y querida, no te preocupes, todo esto va a pasar y cuando menos lo esperes estarán juntas de nuevo”, le dice su mamá.

Pero los malos pensamientos la acosan una y otra vez. “Algunas veces me siento muy culpable y me digo que soy una mala mamá, que dejé a mi hija, que está creciendo sin mí, que mi mamá en lugar de estar pendiente de su nieta debería vivir relajada y en paz”.

“No tengo cómo pagarle a mi mamá todo lo que ha hecho por Mariana y por mí”, dice Sheyla con una lágrima que moja sus mejillas. “Todos los días le doy gracias a Dios por tener a mi madre. Mi mamá sabe que las palabras no me alcanzan para decirle gracias”.

Adela Hart: Madres jóvenes a toda velocidad

Adela Hart junto a su familia.

Ser madre joven en un país como Estados Unidos, migrante y sin familiares, es una aventura difícil. “Pero no lo cambio por nada”, dice Adela Hart quien, a sus 35 años, asegura que lo más valioso es sentir ese amor incondicional de y para sus hijos.

“Es una experiencia muy linda”, dice esta limeña que llegó a Estados Unidos en el 2010 y que desde entonces ha sentido que el tiempo se ha ido volando.

¿Y cómo no? Con dos hijos de 10 y 5 años, los días pasan a una velocidad increíble. “Me tengo que dividir en tres partes como mamá, como esposa y como trabajadora”, dice con una sonrisa. “Pero todo vale la pena cuando ves la cara de felicidad de tus hijos… ahí sabes que estás haciendo las cosas bien”.

Afortunadamente para Hart, ella tiene un trabajo flexible haciendo revisiones de antecedentes para el Departamento de Seguridad Nacional que puede realizar desde su casa.

Gracias a esa flexibilidad en su trabajo de tiempo completo que ya tenía desde antes de la pandemia, ha podido educar a sus hijos y participar en sus actividades. “No me pierdo ningún partido de futbol o de lacrosse”, dice cansada pero orgullosa.

Ella vive junto a su esposo en el estado de Vermont, un lugar frío pero hermoso, dice Adela.

“Mi rutina empieza a las 5:30 de la mañana, para poder trabajar un par de horas antes de que se levanten los niños. A las 7:00 me desconecto por una hora para alistar a los niños. Mi esposo comparte conmigo todas las actividades”.

Cuando se van a la escuela, después de todas las carreras para que no lleguen tarde, sigue el proceso de limpiar casa y entonces, cuando podrían tomarse un tiempo para descansar es hora de trabajar.

“Y no podemos perder ningún minuto, porque el reloj sigue avanzando y mi niña que está en preescolar y que no tiene transporte escolar, saldrá a la 1:30 de la tarde y hay que recogerla”.

Para las 3 los dos ya están en casa y a esa hora también ya está la comida.

Y después vienen las actividades extraescolares, como el ballet y el soccer. Ya cuando terminan esas actividades, “cenamos, conversamos un poco y cuando se puede vemos una película”, dice Adela mientras hace su recuento de actividades.

“Y entonces llega la hora de descansar”, le pregunto optimista.

“Por supuesto que no, hay que preparar las cosas para el día siguiente”, dice con una carcajada.

Como a millones de norteamericanos el tema de la seguridad le interesa fuertemente. “Por eso vivimos en Vermont, casi no hay delincuencia y eso nos hace sentir muy seguros, especialmente cuando vemos las noticias de las cosas que ocurren en otras partes”.

El otro tema que les preocupa es la educación, especialmente después de la pandemia, que al parecer no ha logrado retomar el paso. “Se retrasó todo y siento que la educación no es muy buena, incluso siento que, en Perú, que es un país del tercer mundo, tenemos niveles más avanzados, eso me preocupa mucho”.

Aunque vive en un estado donde la comunidad latina no es mayoría, Adela se ha encargado de trasmitirle a sus hijos las costumbres, las tradiciones y sobre todo la gastronomía.

Piensa entonces en su propia madre y menciona que ahora, que también ella es madre, se da cuenta del enorme valor de la mujer que le dio la vida. “Todos los días se aseguraba de que comiéramos algo rico, nutritivo y diferente, ahora que quiero hacerlo como ella me doy cuenta de que es un trabajo enorme”.

La conversación fluye con toda facilidad, y observo que Adela ve el reloj. Sabe que el tiempo se le está acabando, que tiene que recoger a su hija y que debe empezar a preparar la rutina de la tarde.

Sin embargo, hace un alto y una reflexión: “Desgraciadamente no valoramos todo lo que tenemos cuando somos jóvenes. Hasta que maduramos vemos los esfuerzos que han hecho nuestros padres por nosotros, creo que nunca es tarde para agradecer”.

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