Si las acciones de cumplimiento migratorio de mano dura en la ciudad de Minneapolis fueron concebidas como un laboratorio para usarlo como modelo en otras ciudades, la conclusión está a la vista: fue un fracaso.
Lo ocurrido en Minneapolis, en especial la muerte de dos ciudadanos estadounidenses baleados por agentes migratorios, no es sólo un error operativo o un exceso aislado.
Es el resultado lógico de una política migratoria concebida desde la confrontación, ejecutada con mano dura y defendida con propaganda.
La viralización de múltiples videos del asesinato del joven enfermero Alex Pretti que mostraban que la versión oficial inicial era falsa, aunado a la indignación expresada en sondeos, fue la gota que derramó el vaso.
Tras una conversación telefónica con el gobernador de Minnesota, Tim Waltz, el presidente Donald Trump tomó la acertada decisión de moderar su enfoque migratorio.
El autodenominado comandante operativo Greg Bovino -quien se ufana de sus tácticas agresivas y las presumía en redes sociales- fue hecho a un lado como líder de las operaciones y colocado en su lugar el zar fronterizo, Tom Homan.
Bovino y sus agentes dejarán la ciudad que había sido epicentro de confrontaciones diarias entre residentes y agentes migratorios, con escenas que parecían zonas de guerra.
El retiro parcial de agentes anunciado puede leerse como un gesto de desescalamiento. Pero es insuficiente si no va acompañado de algo más profundo: transparencia, cooperación real con las investigaciones estatales y un replanteamiento de fondo de la política migratoria.
No se trata sólo de cuántos agentes hay en la calle, sino de bajo qué lógica operan y con qué límites.
Por lo pronto todo parece indicar que se abre una etapa de cooperación entre las autoridades estatales y locales, con el gobierno federal.
Se trata de un cambio en el curso de eventos que corrige la trayectoria inicial y que puede marcar un modelo de cooperación en el tema migratorio.
Minneapolis no es una excepción. Es una advertencia. Una señal de lo que ocurre cuando la política migratoria se usa como herramienta de guerra cultural y electoral.
Hoy es Minnesota; mañana puede ser cualquier otra ciudad. La pregunta no es si habrá más crisis como esta, sino cuánto más está dispuesto el país a tolerar antes de exigir un cambio real.
Esperemos que las acciones federales sean un reconocimiento de que Estados Unidos no puede ignorar sus propios principios y valores para afrontar un reto social. Las políticas públicas, en todos los ámbitos, deben conducirse con apego a la ley, la justicia, y la equidad. Porque todos tenemos derechos, en especial a un trato digno y humanitario.