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Co-sleeping: por qué dormir con tu bebé puede ayudarte a ti y a tu pequeño

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La decisión de dormir con tu bebé es extremadamente controvertida, aunque hay dos lados de la historia.

Pocas conversaciones sobre la crianza de los hijos en la primera infancia provocan tanta angustia y juicio como la que se refiere al sueño: ¿dónde deben dormir y cómo hacemos para que duerman toda la noche? Etiquetamos a los recién nacidos como “buenos” o no, dependiendo de cuánto nos molesten durante la noche, o creemos que su sueño es un reflejo de nuestra competencia como padres.

Sin embargo, nuestras creencias y decisiones sobre el sueño de los niños corresponden más a un reflejo de la cultura en la que vivimos que a la evidencia científica de lo que es mejor para ellos, dice el antropólogo James J. McKenna, en muchos de sus 150 artículos científicos sobre el sueño de los niños. McKenna es director emérito del Laboratorio de Sueño Conductual Madre-Bebé de la Universidad de Notre Dame, autor de Safe Infant Sleep: Expert Answers to Your Cosleeping Questions. Ha dedicado su carrera a comprender lo que sucede con los bebés y sus cuidadores cuando duermen juntos o separados.

Las conclusiones de McKenna, respaldadas por investigaciones de otros antropólogos y científicos del desarrollo durante los últimos 30 años, lo han puesto en conflicto directo con la American Academy of Pediatrics (AAP por sus siglas en inglés) sobre las recomendaciones acerca de dónde deben dormir los bebés. “Por separado”, dicen los pediatras, mientras que McKenna y sus colegas dicen: “Juntos, pero seguros”. El libro, fácil de leer, de McKenna ofrece información importante sobre cómo puede hacerse el co-sleeping o colecho de manera segura, así como qué tipo de beneficios podría tener para el desarrollo de los niños y el bienestar de los padres.

¿Por qué el sueño se volvió un tema tan controvertido?

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, escribe McKenna, los padres durmieron cerca de sus bebés por su seguridad y protección, así como por la comodidad de los padres para amamantarlos y dormir. Las formas de acomodarse variaban: algunos padres dormían acurrucados con sus bebés en la misma cama, colchoneta o alfombra; otros colocaban a sus bebés en una hamaca o canasta al alcance de la mano; otros los ponían en una camita adicional al lado de su cama. Pero todos ellos dormían dentro del alcance sensorial de sus bebés.

Hace unos 500 años, las sociedades occidentales divergieron del resto del mundo con respecto al sueño familiar, explica McKenna. Los registros históricos del norte de Europa muestran que los sacerdotes católicos escucharon confesiones de mujeres con grandes dificultades económicas que se habían «superpuesto» a sus recién nacidos, asfixiándolos en un intento desesperado por limitar el tamaño de su familia, porque simplemente no podían mantener a otro hijo. Entonces la iglesia ordenó que los bebés debían dormir en una cuna separada hasta la edad de tres años.

Con el tiempo, otras tendencias occidentales coincidieron con ese decreto: la creciente riqueza, el valor de la independencia y el individualismo pusieron de moda los dormitorios separados. Además, la psicología freudiana privilegiaba el lecho matrimonial, afirmaba que los bebés se verían perjudicados si estuvieran expuestos a la sexualidad de los padres. La opinión religiosa y psicológica decía que los niños no debían ser mimados, sino que requerían una disciplina severa para crecer («la letra con sangre entra»).

Apenas en la década de 1960, el Dr. Spock recomendó que los recién nacidos fueran entrenados para dormir solos, en caso de que el llanto del bebé estresara a los padres, debían colocar una toalla debajo de la puerta para bloquear el ruido. En la década de 1990, los padres «Ferberizaron» a sus bebés, permitiéndoles «llorar» para dormir «independientemente», según el libro Resuelva los problemas de sueño de su hijo de Richard Ferber.

Los beneficios psicológicos del colecho

Mientras tanto, los antropólogos observaron que todos los mamíferos y primates, así como la mayoría de las sociedades no occidentales del mundo, dormían juntos. Por lo tanto, era probable que la práctica tuviera alguna ventaja biológica.

Una de las mayores contribuciones científicas de McKenna y sus colegas ha sido mostrar cómo los padres sirven como una especie de «cable de conexión» biológico o regulador externo para un bebé recién nacido cuando está completando su gestación fuera del cuerpo de su madre. Cuando los padres y los bebés duermen juntos, la frecuencia cardíaca, las ondas cerebrales, los estados de sueño, los niveles de oxígeno, la temperatura y la respiración se influyen mutuamente.

Para un antropólogo biológico, esta influencia mutua implica que el crecimiento de la descendencia está destinado a ocurrir de manera más segura dentro de ese sistema biológico, cerca del cuerpo de un adulto, especialmente en los primeros meses de vida, mientras que la fisiología del bebé es inmadura. Por ejemplo, los estudios encontraron que cuando los monos bebés eran separados de sus madres, sus cuerpos sufrían un estrés severo. Un estudio de 25 bebés de cuatro a diez meses de edad que fueron separados para aprender a dormir mostró que, aunque los bebés se calmaron en la tercera noche, sus niveles de cortisol (hormona del estrés) permanecieron altos.

Cuando los adultos y los bebés duermen juntos, descubrieron McKenna y sus colegas, duermen más ligero y se despiertan con más frecuencia. Aunque eso puede sonar indeseable, es más seguro, dice McKenna, especialmente en los primeros meses de vida, porque crea más oportunidades para que los cuidadores revisen a sus bebés y para que los bebés recalibren su respiración con la del adulto. Como beneficio adicional, ese sueño más ligero, o sueño de movimientos oculares rápidos (REM por sus siglas en inglés), también es importante para la sinaptogénesis, el rápido crecimiento de las conexiones entre las neuronas, en los recién nacidos.

Al mismo tiempo, tanto los adultos como los bebés duermen más tiempo en general cuando comparten la cama, probablemente porque los cuidadores no tienen que levantarse de la cama para alimentar a sus bebés y estos no tienen que llorar, esperar ayuda, para finalmente tranquilizarse. Ese sueño más largo tiene implicaciones para las interacciones entre padres e hijos durante el día. La investigación sugiere que los padres más descansados ​​toman mejores decisiones, lo que es más importante, tienen una mejor regulación de las emociones. La privación del sueño también aumenta el riesgo de depresión posparto.

Los padres también se benefician de otras maneras: un estudio encontró que cuando los padres dormían cerca de sus bebés, su testosterona disminuía más en comparación con los padres que dormían separados. Los hombres con testosterona más baja tienden a participar en una crianza más sensible y receptiva, lo que significa que compartir la cama puede contribuir a una mejor crianza.

Las familias que eligen co-sleeping y dormir juntos más allá de la infancia, pero les preocupa que los niños sean demasiado dependientes, pueden relajarse. En promedio, los niños que comparten la cama tienden a dormir de forma independiente aproximadamente un año más tarde que otros niños, pero pueden ser más independientes, autosuficientes y seguros en su vida diaria que los niños que no comparten la cama.

Un pequeño estudio de 83 niños en edad preescolar encontró que los niños que dormían solos desde una edad temprana se dormían más fácilmente por sí mismos y dormían más durante la noche, pero los niños en edad preescolar que dormían en colecho desde una edad temprana tenían más probabilidades de vestirse solos, entretenerse y resolver problemas con sus compañeros por su cuenta. Otro estudio de 205 familias mostró que a los 18 años, los niños que compartían la cama no diferían de los que dormían solos en su calidad del sueño o salud mental. En otras palabras, a medida que los niños crecen, muchos factores diferentes contribuyen a su bienestar.

Co-sleeping y el síndrome de muerte súbita del lactante (SIDS)


En 1963, el síndrome de muerte súbita del lactante (SIDS, por sus siglas en inglés) se convirtió en una preocupación médica y la tasa de mortalidad era de dos a tres bebés por cada 1,000 nacidos vivos en la mayoría de los países occidentales. La investigación epidemiológica de los años 70 y 80 identificó factores que coincidían con el SIDS, especialmente dormir boca abajo y dormir con adultos. La AAP siguió el ejemplo y todos los pediatras recomendaron que los bebés fueran acostados boca arriba, separados de los adultos. Las tasas de SIDS comenzaron a disminuir.


Al mismo tiempo, investigadores observaron que los SIDS son más bajos en las culturas donde el colecho es más común. Durante la vulnerable edad de dos o tres meses, cuando la respiración voluntaria se activa (es cuando el SIDS alcanza su punto máximo), la supervisión cercana y la presencia del adulto pueden ser especialmente importantes si el bebé tiene una falla en el desarrollo de su mecánica respiratoria.
¿Qué hacer? Las investigaciones de los últimos 30 años revelaron que el riesgo de compartir la cama se puede manejar cuando se hace de manera segura: cuando se coloca al bebé boca arriba y no puede quedar atrapado en muebles sueltos o ropa de cama, en un ambiente sin humo, donde los padres son plenamente conscientes de dónde está el bebé y dónde está su propio cuerpo. Estas precauciones han reducido la incidencia de SIDS a menos de un bebé por cada 1,000 nacidos vivos.
Consulte las recomendaciones de la AAP para el sueño seguro de los bebés aquí y las recomendaciones de McKenna aquí.

El colecho en tiempos modernos

La mayoría de los padres tienen una inclinación natural a dormir de forma protectora cerca de sus bebés, los datos sugieren que el colecho va en aumento. Una encuesta de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE. UU. encontró que más de la mitad (61%) de los bebés estadounidenses comparten la cama con sus padres al menos una parte del tiempo.

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Sueño seguro para bebés: respuestas de expertos a sus preguntas sobre el colecho

Aunque la AAP recomendó en el año 2016 que los padres y los bebés duerman juntos en la misma habitación durante al menos los primeros seis meses de vida, preferiblemente durante el primer año, se detuvieron en seco de recomendar que los padres y los bebés compartan la misma cama. Eso crea una brecha entre lo que la mayoría de los padres están haciendo y lo que oficialmente se les “permite” hacer. Como resultado, muchos padres tienen miedo de hacerle saber a su pediatra que comparten la cama por temor a ser criticados o, peor aún, denunciados a los servicios de protección infantil.

Cuando no se tiene esa conversación entre padres y pediatras, señala McKenna, los padres se ven privados de información precisa sobre lo que puede hacer para que compartir la cama sea más seguro y beneficioso. Con ese fin, su libro ofrece orientación, incluso dibujos, para cada circunstancia del sueño.

Después de los primeros seis meses de vida, cuando la fisiología de un bebé es más estable, una variedad de factores pueden entrar en juego en la decisión sobre dónde dormir, como las creencias culturales, el bienestar general de la familia y el temperamento o las necesidades médicas de cada bebé. Por ejemplo, una familia puede decidir que un bebé biológicamente sensible puede beneficiarse más si permanece cerca de los padres por más tiempo; por otro lado, uno de los padres puede necesitar dormir separado para poder dormir mejor, y un padre más feliz es un mejor padre.

Sin embargo, todos los investigadores están de acuerdo en que a las familias les va mejor cuando los adultos son conscientes y están de acuerdo con sus elecciones. Es importante destacar que McKenna normaliza las expectativas en torno al sueño: al año, ni siquiera la mitad de los bebés duermen toda la noche, finalmente, es la calidad de la relación padre-hijo, no dónde se desarrolla, lo que más importa para el desarrollo de un niño.

Puede parecer que McKenna está presionando para dormir juntos, pero él lo niega. En cambio, como un verdadero antropólogo, cree que solo los padres pueden conocer verdaderamente las necesidades específicas de sus familias, por lo que deben tener la libertad de tomar las decisiones que mejor les sirvan; simplemente tienen derecho a estar informados con precisión sobre todos los problemas involucrados. Safe Infant Sleep debe estar en la oficina de cada pediatra y disponible para cualquier padre que quiera entender cómo funciona realmente el sueño de sus bebés.

Escrito por Diana Divecha. Este artículo es original de Greater Good, la revista en línea publicada por el Greater Good Science Center de UC Berkeley.
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