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César Chávez y su legado de justicia para los trabajadores del campo

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Era mayo de 1991 cuando el jefe de información del canal de televisión en el que trabajaba me asignó una de las historias que recordaría por el resto de mi vida: Acudir a una manifestación del líder campesino César Chávez en el valle de Coachella, en el sur de California.

Manejé desde San Diego, crucé una cadena montañosa y supe que estaba en el valle de Coachella por el intenso calor y porque hasta donde alcanzaba la vista, había tierras cultivadas.

Como periodista, acudir a esta manifestación era como un sueño cumplido. Desde niño había escuchado a los papás de mis amigos hablar de César Chávez.

Su nombre era común en Mexicali, Baja California, donde nací, ya que miles de trabajadores, entre ellos los papás de mis amigos, cruzaban la frontera para trabajar en los campos de lechuga, melón, sandía o uva del valle de Imperial y Coachella.

Recuerdo que salían a las 4 de la mañana y regresaban por la tarde agotados de sus jornadas, pero contentos, porque, aunque ganaban poco en relación a Estados Unidos, su salario les permitía una vida holgada en Mexicali.

Cuando era niño también tuve la oportunidad de ver a miles de trabajadores marchando desde la fronteriza ciudad de Calexico, en California, hasta Coachella, para apoyar las huelgas en busca de reconocimiento a la Unión de Trabajadores Agrícolas y a los contratos colectivos con los que se les otorgaba a los trabajadores agrícolas la posibilidad de un salario justo, días festivos y hasta días de enfermedad, prestaciones que en ese tiempo eran impensables para cientos de miles de trabajadores agrícolas de todo el país.

Por eso, cuando supe que iría a esa manifestación, me emocioné porque por fin podría verlo de cerca y comprobar lo que había escuchado de él.

Conforme me fui acercando vi decenas de autos dirigiéndose al mismo sitio que yo. Era un campo de cultivo de uvas, cuyo propietario se negaba a aceptar la organización encabezada por César Chávez.

El punto de reunión era a unas dos millas de distancia y poco a poco la gente fue llegando. Acababan de salir del trabajo. Se les veía con las caras cubiertas para protegerse del sol. Venían con las botas enlodadas. Se les veía en el rostro el cansancio de una jornada agotadora. Pero ahí estaban, reuniéndose en torno a un altavoz que les pedía que se formaran en pequeños contingentes.

Había muchísimas banderas rojinegras con el escudo de la Unión de Trabajadores agrícolas, banderas de Estados Unidos, de México, y encabezando todo, un enorme estandarte de la Virgen de Guadalupe, que a largo de sus luchas lo acompañó.

Sentí como si el tiempo se hubiera detenido y estuviera presenciando una de las muchas huelgas y manifestaciones que encabezó por todo el estado de California en compañía de personajes como Dolores Huerta, quien fue su mano derecha y clave para la creación de la Unión de Trabajadores Agrícolas.

En punto de las 5 de la tarde, bajo un sol todavía intenso, la columna de trabajadores empezó a moverse. Al frente un grupo cantaba una canción popularizada por la cantante Joan Báez y que fue un himno en la lucha de los trabajadores.

“No, no, no nos moverán

No, no, no nos moverán

Y el que no crea, que haga la prueba

No, no no nos moverán…”

El contingente se movía despacio, y los trabajadores cantaban o conversaban o reían, pero todos sudábamos bajo el implacable sol. A los lados de las columnas, muchos jóvenes mantenían una vigilancia minuciosa ante la posibilidad de alguna agresión externa.

Y entonces llegamos hasta el frente de la propiedad donde se haría la protesta. Ahí se multiplicaron las consignas: “Si se puede, si se puede, si se puede”, un canto de batalla que César Chávez popularizó casi 30 años antes, en las huelgas de 1972.

Entonces de un auto bajó César Chávez. Lo vi de cerca y noté que era de baja estatura, delgado, de cabello cano y muy serio. Los cantos, las consignas y las risas se detuvieron como por arte de magia.

No entendía el efecto que su presencia ejercía entre los trabajadores que lo veían como hipnotizados. No lo entendí hasta que tomó el micrófono. Entonces su rostro se transformó. Se convirtió en dinamita y en una fuerza que emanaba de un lugar desconocido.

“A ustedes, los que están ahí, en esa casa llena de comodidades, les temblarán las corvas, cuando decidamos no trabajar más para ustedes, les temblarán las corvas cuando nos vean organizados y no aceptemos las migajas que nos ofrecen… les recuerdo que nosotros los pobres, tenemos el tiempo y la paciencia de nuestro lado”.

La gente también se había transformado. Ya no era ese ejército de hombres y mujeres cansados, ahora eran una columna de seres humanos que habían recuperado su fuerza y su dignidad.

Un líder de carne y hueso

César Chávez nació cerca de Yuma, Arizona, el 31 de marzo de 1927, y a lo largo de su vida empleó medios no violentos para llamar la atención sobre la situación de los trabajadores agrícolas y formó la la Asociación Nacional de Campesinos, que más tarde se convertiría en la Unión de Campesinos.

Como líder sindical, Chávez encabezó marchas, convocó boicots y realizó varias huelgas de hambre. Se cree que las huelgas de hambre de Chávez contribuyeron a su muerte el 23 de abril de 1993, en San Luis, Arizona.

En 2014, el presidente Barack Obama, anunció que el cumpleaños de Chávez, el 31 de marzo, sería reconocido como día festivo federal conmemorativo.

El legado de César Chávez es indiscutible. Gracias a él, cientos de miles de trabajadores agrícolas lograron el derecho a organizarse sindicalmente, y beneficios que otros trabajadores ya gozaban.

Pero, por otra parte, era un hombre de carne y hueso, al que se le critican muchas cosas, como sus posiciones en contra de la inmigración indocumentada, a quienes llamaba despectivamente “espaldas mojadas”.

La razón de su “desprecio” por los inmigrantes indocumentados era que consideraba que ellos, por su situación, estaban dispuestos a aceptar cualquier salario, lo cual se convertía en un obstáculo para las huelgas que organizaba en busca de mejores salarios.

Citas famosas de César Chávez

Si de verdad quieres hacer un amigo, ve a casa de alguien y come con él… La gente que te da su comida te da su corazón.

Si quieres acordarte de mí, ¡organízate!

Si fracasamos, habrá quienes vean en la violencia el atajo hacia el cambio.

Hace muchos años aprendimos que los ricos pueden tener dinero, pero los pobres tenemos tiempo.

Los trabajadores agrícolas son los canarios de la sociedad. Los trabajadores agrícolas -y sus hijos- demuestran antes que nadie los efectos del envenenamiento por pesticidas.

Una vez que comienza el cambio social, no se puede dar marcha atrás. No se puede deseducar a la persona que ha aprendido a leer. No puedes humillar a la persona que siente orgullo. No se puede oprimir a la gente que ya no tiene miedo.

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